Entretela # 1: UN INSTANTE DE SU PIEL

Su piel demasiado blanca, al comienzo cegó mis ojos. A través de aquella transparencia, cruzada por cordones azules, vi correr su sangre y vi fluir también, el pequeño río acanalado que contemplábamos desde el puente. «Quisiera quedarme en esta paz, en esta paz...», dijo, y enmudeció enseguida. Pensé: «la vida no es otra cosa que el deseo de estos instantes, ¿por qué, entonces, no somos capaces de agarrarnos a uno de ellos hasta el final?» El arroyuelo trajo en sus aguas un cuerpo extraño (¿un trapo, un perro muerto?) y su piel emitió un sobresalto.

Me alejé unos pasos para dejarla sola. Su cabello rubio, esponjoso, lastimaba el gris de una tarde que moría de ganas por llover. A unos metros, el infierno de las calles atentaba contra nuestra tierna tranquilidad y en la base del puente alcancé a detectar la oscura presencia de una rata. Volví mis ojos hacia su cabeza y la encontré coronada de mosquitos de invierno: miles de ellos la sobrevolaban. Un auto cruzó la calle y se internó en el garaje de uno de los edificios del sector. Sus ojos lloraron silenciosos. Oí un gruñir de llantas y luego un insulto. Su cabello dejó de ondular. Una gota grande manchó el pavimento, sonó alguna alarma y, al tiempo, la piel de sus mejillas se contrajo con violencia. Cuando los pitos de los carros chillaron con más fuerza, vi varias ratas alrededor, royendo sus zapatos. El río nos mostró otra de sus víctimas (¿un trapo, un perro muerto?), el cielo se desplomó y no se escuchó nada más que el ruido de los truenos celestiales. Corrí a refugiarme y desde la portería del edificio contemplé el deterioro final de su figura. Pensé: «vendrá a escampar junto a mí», pero no lo hizo. De sus pies brotó la sangre. En una sola masa se fundió el rojo, el café y el negro y luego el dorado de sus cabellos. Grité: «corre, corre», pero se quedó enganchada a su momento.

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