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No era fácil mantenerse de pie. El pánico —que se había extendido tras el reinicio inesperado y vergonzoso de los ataques— tenía la ciudad convertida en un hervidero. Así que, apenas iniciada su carrera, Gabriella cayó al enredarse con el cuerpo de un hombre que había quedado atravesado un momento antes, justo al pie de la acera hacia donde ella se dirigía para ampararse del acoso de una lluvia de bengalas. Cojeando, alcanzó al fin el cobertizo de un garaje y aguardó allí hasta que pudo recuperar fuerzas para seguir avanzando.